Jacobo terminó su primer cuento a los a los diecisiete. Se interesó por la literatura a
dieciséis, antes, cuando niño, las palabras solo le interesaban cuando leía las minúsculas tiras cómicas de los diarios, en tanto sus ojos no se distrajeran con las
fotografías.
Por eso cuando terminó ese cuento de tres páginas se sintió un hombre libre. Esas tres páginas eran su acta de independencia firmada con la fecha y el nombre de la ciudad en donde su magia existió. Volteó y miró con desden la serie de poemas que antes había escrito. Entre esas hojas dormiría para siempre un ser raro y desconocido, no él.
Su escritorio, su lampara y su música miraban la escena con sorpresa. Pobre Jacobo, andando el tiempo descubriría que la literatura es una mujer usurera.
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